Tras dejar atrás las Antillas Menores, continuamos nuestro periplo a bordo del Forquilla, navegando de este a oeste, retomando la empopada típica del cruce atlántico. A bordo se suma algo así como un nuevo tripulante y, casi sin darnos cuenta, descubrimos el paraíso de las Bahamas.
Autora: Carmen Dopico, Velero Forquilla

Tras dejar atrás Antigua, la vecina isla de Barbuda se nos antoja como una parada obligada: una isla prácticamente desierta, con aguas turquesas, un puñado de burros y una paz que recuerda a Formentera. Salir de Barbuda supuso el inicio de la navegación de largo y de popa de forma casi constante; volvimos a retomar esa comodidad del empuje alisio.
Nuestro siguiente salto fue a Saint Barthélemy, una isla francesa muy popular entre navegantes y turistas, donde pasamos la noche fondeados en el único lugar posible: un vaivén constante, bastante incómodo, en aguas profundas y rodeados de cientos de barcos. No desembarcamos. A primera hora, levantamos ancla y pusimos rumbo a Saint-Martin. Me sorprendió descubrir que la isla está dividida en dos: mitad holandesa, mitad francesa. Entramos por la parte holandesa, concretamente por Simpson Lagoon, donde tuvimos que esperar a que cortaran el tráfico y levantaran el puente. Allí repostamos diésel por primera vez desde Cabo Verde, pero hicimos la compra en la parte francesa: más variedad y mejor precio. Aunque por tierra puedes cambiar de zona sin problemas, hacerlo por mar implica formalidades y tasas entre países. Aprovechamos también para comprar repuestos: Saint-Martin está lleno de tiendas náuticas bien surtidas, aunque, como todo en el Caribe, a precios muy superiores a los de España.

Fondeos en aguas cristalinas
Desde allí, pusimos rumbo noroeste hacia las Islas Vírgenes Británicas, nuestra siguiente parada obligada. Las recorrimos de este a oeste, fondeando en aguas cristalinas y tranquilas, muchas veces completamente solos. Aunque son preciosas, su fama nos pareció algo exagerada. Disfrutamos de paseos por playas interminables de arena blanca, buen snorkel y de los famosos baños naturales de The Baths, entre rocas y cuevas. Sin embargo, la meteorología nos obligó a movernos con frecuencia, porque muchos fondeos eran inestables.
Más adelante, siguiendo la cadena de islas hacia el oeste, están las Islas Vírgenes de EE. UU. y, un poco más allá, Puerto Rico. Ambos destinos nos interesaban, pero no pudimos visitarlos por no tener el visado B1/B2, necesario para navegar por territorio estadounidense durante seis meses (y que permite múltiples entradas durante diez años). Obtenerlo una vez ya en el Caribe es prácticamente imposible. Existe una alternativa más accesible: la ESTA. Con ella puedes entrar por avión o ferry, y luego volver a buscar tu barco para tramitar un permiso de navegación de 90 días. Sopesamos esta opción, pero finalmente, con tanto por ver y el poco tiempo antes del inicio de la temporada de huracanes, optamos por saltar directamente a República Dominicana.

Un nuevo tripulante a bordo
Nuestro siguiente destino fue la bahía de Samaná, tierra de apareamiento de ballenas jorobadas. Pudimos disfrutar de sus saltos, su majestuosidad y de la calidez de la gente local. El mercado nos conquistó con frutas y verduras espectaculares a precios muy asequibles. Alquilamos un coche y recorrimos parte del país: cascadas imponentes, fauna diversa y bosques que parecían un decorado de película. Bajamos hasta Santo Domingo con una misión muy especial.
En este punto de la historia, tengo que desvelar que llevábamos tres meses guardando un secreto a bordo. Después del cruce atlántico, lo hablamos con calma y decidimos que queríamos ampliar la familia. Desde entonces, el recorrido prenatal por el Caribe ha sido toda una odisea: muchas veces buscábamos primero laboratorios y médicos, y solo después, el fondeo ideal. Lo decidimos en Granada, compramos un test en Martinica, dio positivo en Dominica, hicimos análisis en Guadalupe y en Santo Domingo nos realizaron la primera ecografía. Por fin vimos a esa personita que tantas náuseas me estaba provocando: cabeza, manos, pies… todo en orden. Fue un gran alivio, sobre todo porque en nuestro embarazo anterior ya habíamos hecho varias visitas médicas a estas alturas.

Aprovechamos también el viaje en coche para hacer una gran compra. En términos de precios, República Dominicana es la joya del Caribe. Encontramos productos frescos de calidad, latas, pasta, arroz y todo lo que necesitábamos. Reabastecimos despensa y congelador con vistas a las Bahamas, de las que ya sabíamos su fama de vaciarnos la cartera. Desde allí, pusimos rumbo a Islas Turcas y Caicos.
La parada fue breve, ya que el permiso de navegación dura solo una semana, y además teníamos otra cita médica. Las aguas que empiezan en esta zona son algo indescriptible: el barco parece volar, el fondo se ve con total claridad, al igual que la cadena y el ancla. Comienza también aquí nuestra obsesión por revisar constantemente la carta náutica: hay muchísimos bajos fondos y, con nuestro calado de 1,83 m, muchos lugares son inaccesibles.
Y por fin… Bahamas
Siempre habíamos oído que era el paraíso en la Tierra. ¡Y qué razón tenían! Las mismas aguas que en Turcas y Caicos, con los mismos retos de profundidad, pero cada milla merece la pena. Nos enamoramos de Exuma y sus alrededores. En Stocking Island, las rayas se acercaban amistosamente a nuestros pies, y las playas estaban llenas de navegantes que compartían bailes, risas y pequeños chiringuitos amistosos. Los columpios y cuerdas colgados improvisadamente de los árboles se convertían en una concentración de niños trepadores que jugaban y se entendían, cada uno en su idioma.
Moverse por Bahamas es una coreografía precisa: giro tras giro para no encallar, algo que al principio nos daba respeto, pero al que le cogimos el pulso con el tiempo. Aunque el viento suele ser constante, el agarre en arena es siempre excelente.
Visitamos playas llenas de iguanas, que se nos acercaban al dinghy con curiosidad. También era común ver cabras paseando por playas aparentemente desiertas. Durante los trayectos, tortugas, tiburones nodriza y rayas nos acompañaban como si fueran parte del paisaje.
Uno de los grandes atractivos son las famosas playas de cerdos nadadores. Pero al llegar, la experiencia fue agridulce: los cerdos nadan hasta los barcos porque los tours les lanzan comida. Nos dio mucha pena ver esa dinámica y, aunque los animales eran preciosos, no llegamos a disfrutar del lugar.
Visitamos también la mítica gruta de Thunderball, escenario de James Bond, el avión hundido de Pablo Escobar que transportaba cocaína de Medellín a EE. UU., playas de películas como Tiburón y pequeñas islas que parecen salidas del fondo de pantalla de Windows. Bahamas puede que sea uno de los mejores destinos para viajar en velero: los sitios más interesantes solo se alcanzan por mar y están en islas remotas.
Se nota que llevamos unas cuantas millas dirección norte: tanto en las jornadas de navegación como en las noches fondeados, hemos vuelto a sacar los jerséis. Otra cosa que hemos aprovechado son las aguas transparentes para limpiar el casco del barco.
La fama de Bahamas es cierta en muchos sentidos: ir a la compra es un atraco a mano armada, con precios que nunca antes habíamos visto. Por poner un ejemplo aleatorio, una pizza congelada en el supermercado cuesta 22 dólares, impuestos aparte.
En Bahamas recibimos la visita de los tíos de Leo. Mi hermano y su mujer pasaron unos días a bordo y, tras llevar tanto tiempo lejos de casa y de nuestra familia, fue un gran soplo de aire fresco, recargando pilas para la recta final de esta temporada.
Mañana ponemos rumbo a Cuba, donde cumpliremos el primer aniversario de nuestra partida desde el Port Balís, en Barcelona. Esto nos hace reflexionar: parece que fue ayer y, a la vez, son como recuerdos de otra vida pasada.
Luego seguiremos hacia el sur de México, Belice y Guatemala, donde dejaremos el barco en Río Dulce durante la temporada de huracanes (de junio a noviembre).
¡Seguiremos informando!
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