Varar es quizás el peor de los fracasos que le pueden suceder a un marino. Releyendo la prensa náutica, me entero de que el maxi Helisara, que perteneció al famoso director de orquesta Herbert von Karajan y ganó el Mundial de Maxis en 1981, sigue varado en las playas de Formentera desde el pasado mes de agosto.
Autor e ilustrador: Isidro Martí Férriz
A un patrón, capitán o armador le pueden ocurrir diversas desgracias, pero la varada es la pesadilla que cualquier marino intenta evitar a lo largo de su carrera. Existen diferentes tipos de varadas. Todos sabemos que en cualquier puerto disponemos de varaderos para dejar el barco en seco y acometer las labores de mantenimiento anuales necesarias para cualquier embarcación. La varada de la que hablaremos aquí es una de las que define nuestro diccionario de la lengua: encallar la embarcación en la costa o en las peñas, o en un banco de arena.
Evidentemente, cuando el verano pasado el maxi Helisara varó en las playas de Formentera, ya no pertenecía a von Karajan, que falleció hace ya muchos años. El actual armador, de nacionalidad británica –según parece, disfrutaba de unos días de vacaciones en una de las playas más bonitas del mundo. La estampa de un maxi que en su momento fue de los más rápidos del mundo, fondeado en las playas de Ibiza y alrededores, es atractiva para cualquier aficionado o incluso paseante de la zona. Pero una vez varado y abandonado, la cosa cambia.
Como cada verano, la meteorología mediterránea sorprende a los confiados navegantes con chubascos repentinos y vientos que llegan a ser huracanados, y les hace garrear hasta que la quilla entra en contacto con la arena o las rocas y ya queda poco por hacer. Por algo en las Baleares a los tornados de final de verano se les conoce como cap de fibló. Fibló no es ni más ni menos que un aguijón: tromba marina, donde los vientos en su centro pueden alcanzar velocidades inusitadas para un desprevenido navegante que relaciona el Mediterráneo en verano con un mar amable y tranquilo. Además, otra característica de este fenómeno meteorológico es que puede aparecer repentinamente, desatando su furia en pocos minutos y sorprendiendo a los despistados.
Entre la imprudencia y la inexperiencia
Quizás el lector piense en estos momentos que soy demasiado benévolo con los navegantes que pierden el barco en la playa en agosto. Quizá sí. Por supuesto que sé que el patrón tiene que estar pendiente de la embarcación, sobre todo en el fondeo. Los partes meteorológicos, como no paro de repetir en esta sección, son cada vez más fiables, y estos tornados repentinos suelen venir asociados a una inestabilidad que ha sido avisada previamente.
¡Ojo! Cuando digo “avisada” quiero decir que el responsable del barco tiene que consultar algún sistema de predicción meteorológica, que con los medios actuales está al alcance de todo el mundo en una navegación costera. Y más si se está fondeado. La inexperiencia, la improvisación y los tentadores placeres que se tienen a golpe de neumática hacen que los patrones encuentren su barco en la playa en un plisplás. Incluso alguno de ellos no estaba a bordo cuando el garreo empezó su dramática cuenta atrás.
La buena noticia es que estas varadas apenas tienen coste humano. En la mayoría de los casos, la tripulación se pone a buen recaudo sin mayor problema. El agua está caliente y la hipotermia no acecha. Muchos de ellos bajan del barco andando y contemplan, desolados, desde la playa, cómo el desastre se desarrolla inexorablemente. Por eso no soy excesivamente cruel en mi análisis. No es la pérdida de ese barco que desapareció sin dejar rastro y cuya tripulación se perdió en el mar. En Formentera, hablando claramente, no suele haber muertos a causa de estas varadas.
No voy a explicar que los patrones prudentes que levantaron el fondeo y salieron a tiempo hicieron lo correcto, porque ya se ha hablado al respecto en estas páginas infinidad de veces. Cada verano sigue ocurriendo. De los centenares de barcos fondeados, más de uno cae en la ratonera.
El naufragio burocrático
Otra vertiente de esta noticia es que el velero varado siga allí. Veamos qué dice Capitanía:
“Desde Capitanía Marítima y a través de Salvamento Marítimo atendemos a las personas necesitadas de auxilio y a la prevención de la contaminación, pero cuando queda una embarcación en la costa ya no podemos hacer nada. No somos los gestores de los espacios marítimos y no nos dedicamos a reflotar barcos ni a limpiar el litoral. Subsidiariamente, la administración autonómica, Costas en este caso, puede quitar el barco de allí”.
¿Y qué dice la Conselleria del Mar y del Ciclo del Agua, a la que pertenece la Dirección General de Costas y Litoral?
“Tras haber mandado dos correos electrónicos sin tener contestación, se ha enviado un requerimiento hacia el armador debido a la imposibilidad de contactar con él”.
“El problema es que Costas no tiene competencias sancionadoras y entonces poco pueden hacer”, lamentaron.
Extraigo estas declaraciones del Diario de Formentera, a quienes agradezco la información.
Me temo que el armador británico del Helisara tenía un seguro baratito —si es que lo tenía— y no le cubre la recuperación del barco y/o limpieza de la zona. Tras lo cual, se enciende un puro y deja que sean las autoridades locales quienes solucionen el problema. Se me hace muy difícil comprender por qué los usuarios de embarcaciones de bandera española tenemos que cumplir una estricta —con la que estoy de acuerdo— normativa anticontaminación y de protección de la costa y de la posidonia, mientras que cualquier turista inexperto puede estampar su barco en un paraíso natural y marcharse de rositas. Pero, en fin, parece que las cosas aquí funcionan de esta manera.
La soga al cuello
Para acabar, la expresión “La garra de la tierra”, que aparece en el título de este artículo, es de mi admirado Conrad, autor al que remito una vez más a mis lectores. Lean, por favor, Con la soga al cuello. Verán qué le ocurrió al Sofala, embarcación del capitán Whalley, y vivirán el dramatismo de la soledad del mando y la responsabilidad del marino. Una excelente lectura para este verano, cuando estas páginas salgan a la luz.
Y estén atentos durante el fondeo y la navegación. Disfruten del barco, de la compañía y de Conrad.
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