El primer libro que leí sobre navegantes oceánicos del siglo XX fue La vuelta al mundo del Gipsy Moth de Francis Chichester. Me lo recomendó un amigo con el que luego compartimos muchas millas y aventuras náuticas. El libro está editado por Editorial Juventud, como no podía ser de otra manera, y de esto hace ya unos cincuenta años.
Texto e ilustración: Isidro Martí Férriz

En la portada aparece un tipo ya entrado en años, pero en buena forma, como lo demuestran sus brazos musculosos y enjutos. Viste una camisa con cuello alto, arnés de seguridad, gafas de culo de botella y una gorra sujeta con barbiquejo para que no se la lleve el viento. Los winches que maniobran a pie de palo serían hoy objeto de anticuario.
Francis Chichester fue en su momento un pionero, ganador de la primera regata en solitario a través del océano Atlántico, lo que marcó una era en la navegación a partir de los años sesenta del siglo pasado. La segunda edición de dicha regata la ganó Eric Tabarly. Como pueden apreciar, ya se estaba labrando la futura historia de la náutica del siglo XXI.
Pero su verdadera gesta fue cuando, en 1967, completó la vuelta al mundo en solitario con una sola escala en Sídney, a bordo de su velero Gipsy Moth. Como se documenta en su libro, el sexagenario navegante británico consiguió entonces una serie de récords:
- El viaje más rápido alrededor del mundo efectuado por un pequeño velero.
- La travesía más larga realizada sin escalas por un barco de vela pequeño.
- Batió por más del doble el récord de distancia sin escalas obtenido por un navegante solitario (11.500 millas, frente a 7.400 millas).
- Superó en dos ocasiones el récord de navegación en solitario durante una semana.
- Estableció un récord de velocidad para navegación en solitario, al recorrer 1.400 millas en ocho días.
- Mejoró dos veces el récord de velocidad en solitario para una travesía larga: el de Nance, de 122,5 millas diarias durante cincuenta y tres días.
- La tercera verdadera vuelta al mundo doblando el Cabo de Hornos, efectuada por un pequeño velero cuya estela pasó por dos puntos antípodas. Los dos primeros fueron Conor O ́Brien (tres años) y Marcel Bardiaux (siete años).
Dicha vuelta al mundo convirtió a Chichester en un héroe nacional, siendo investido como sir por la reina de Inglaterra.
Podríamos hablar en este artículo de Joshua Slocum y Vito Dumas, pero como vemos, Chichester se centra en el siglo XX y en circunnavegaciones que pasen por las antípodas. Sea como sea, la vuelta al mundo del navegante británico abrió un mundo nuevo a los aficionados europeos a la náutica, a los soñadores y aventureros, marcando un futuro que todos ya conocemos. He transcrito los récords porque, si los comparamos con los actuales, dan verdadero vértigo.
Pero lo que realmente me impactó del libro, cuando lo leí apenas siendo un adolescente, fue un comentario que aparece en el epílogo firmado por un admirador y amigo, J.R.L. Anderson:
“Para este hombre, soñar es poner en práctica los sueños y, al hacerlo, conseguir el triunfo. La gente podrá decir: ¡Ah, sí!, ha tenido suerte. Ha hecho dinero y encontrado ricos banqueros. No tiene que tomar diariamente el tren de las ocho y cuarto de la mañana. ¡Pero eso ya es precisamente parte del éxito! Nadie tiene que viajar diariamente en el tren de las ocho y cuarto. Quedamos atrapados en los engranajes de la vida porque nos dejamos atrapar.”
En las imágenes que Pilar Pasanau comparte en las redes sociales, se la ve en plena forma y explicando los avatares de la navegación en esa cáscara de nuez como si fuera lo más normal del mundo.
Ahí está la clave, querido lector. Navegantes como Francis Chichester y Pilar Pasanau supieron —y han sabido— no dejarse atrapar por la rutina, luchando por sus sueños y poniendo toda la carne en el asador para conseguirlos.
Tuve la suerte, hace ya un año, de compartir un destino laboral con Pilar Pasanau y escuchar su plan de trabajo para participar en la vuelta al mundo en solitario en un barco de eslora mínima. En sus comentarios se apreciaba lo verdaderamente importante: la determinación, la seguridad en sus planteamientos, el convencimiento de que podía y, sobre todo, quería hacerlo. En aquel momento ni siquiera disponía del presupuesto para dar la vuelta completa y yo, que me he convertido en un anodino conservador, le decía que al menos podía hacer la travesía del Atlántico y volver con una gran experiencia bajo el brazo.
Por suerte me equivoqué y Pilar, en el momento de escribir estas líneas, ya lleva más de media vuelta al mundo y pone rumbo para acabarla. En las imágenes que comparte en las redes sociales se la ve en plena forma y explicando los avatares de la navegación en esa cáscara de nuez como si fuera lo más normal del mundo. Se la ve feliz mientras vive su sueño y nos hace soñar a los demás. Pilar ha conseguido realizar su proyecto y, pase lo que pase a partir de ahora, ha superado ampliamente las expectativas de una travesía del Atlántico. Como decía aquella frase, cuanto más loca es la aventura, más cuerdo ha de ser el aventurero, y Pilar nos está demostrando una gran cordura zampándose miles de millas en solitario en un velero de ¡5,80 metros de eslora!
Aquí estamos, estimado lector, siguiendo a Pilar alrededor del mundo y admirándonos de su capacidad de convertir los sueños en realidad. Cuando los medios de comunicación están centrados en las estupideces a las que nos tienen acostumbrados, en figuras del deporte que a duras penas superarían un test de sensatez y humildad, la aventura de Pilar es un destello de luz y un ejemplo que espero que algún joven soñador lea en las redes o hasta, incluso, en un libro de papel. Atención, editores de Juventud.
Y, lo siento, ahora les tengo que dejar y acabar este artículo, porque precisamente he de tomar el tren de las ocho y cuarto de la mañana…
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