¿Cómo demonios promocionamos la náutica en general y la navegación a vela en particular? ¿Tiene la navegación de crucero futuro en este país, dejado de la mano de Eolo? Después de escuchar al exitoso escritor cartagenero, parece que sí.
Texto e ilustración: Isidro Martí Férriz
Navegando por el proceloso mundo de la red, topo con un interesante coloquio a tres bandas organizado por la editorial Alfaguara. Mario Vargas Llosa, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte contestan a las inteligentes preguntas de la directora editorial del sello que los edita. La entrevista debe tener unos diez años y, desgraciadamente, dos de los autores ya no están con nosotros, por lo que Pérez-Reverte debe contar en esas fechas con más de sesenta años de agua corriendo bajo su quilla. La edad es importante, porque ya no es un chaval. A la pregunta de cuál es el escritor que le hubiera gustado revivir, o directamente vivir su vida y obra, Arturo contesta sin dudar un segundo: «Conrad». ¿Por qué Conrad? Por la sencilla razón de que Conrad, antes de publicar, navegó muchos años en el Mediterráneo, en el Atlántico, el Pacífico y el Índico. Remontó ríos misteriosos en el antiguo Congo Belga, acompañó a contrabandistas en las costas catalanas y escapó del mistral y los aduaneros a partes iguales. Vivió el horror en el corazón de África, deambuló por Oriente bajo la mirada de Occidente, se olvidó de su Polonia natal para refugiarse en el idioma inglés, al que dotó después de una riqueza que pocos nativos de las Islas Británicas han conseguido igualar.
Pérez-Reverte se siente reflejado en Conrad porque él mismo, antes de triunfar como autor, fue reportero de guerra, viviendo aventuras vitales y oliendo la muerte real en directo. Supongo que no escribo sobre nada que no sepa más de un lector respecto a Conrad y el escritor nacido en Cartagena. Primero, una experiencia aventurera real en la vida, y después unos años para contarlo, aunque sea fabulando aventuras que tienen que ver con la experiencia. Tras esta confesión, a Reverte le preguntan si añora los años de aventura ahora que, aunque disfrute del éxito, se ve obligado a no moverse de la silla delante de un teclado durante horas y días para culminar las novelas que se devoran en muchos idiomas.
Claro que añora la acción pasada, pero tiene un remedio infalible: navegar con su velero, que le permite y le obliga a enfrentarse a la naturaleza, negociar vientos y maniobras, pasar alguna noche despierto vigilando las luces de un mercante que no le maniobra o atento al ancla en un fondeo mientras carga la racha. Además, navegar le obliga a poner todos los sentidos en lo que está haciendo, a superar el frío, la humedad, el salitre o una cierta suciedad inevitable cuando se navega durante varios días con mal tiempo.
Navegar obliga a poner todos los sentidos en lo que se está haciendo, a superar el frío, la humedad, el salitre…
Un afamado escritor, éxito de ventas, con una innegable presencia mediática que, guste o no, llega a una multitud de oyentes. Hablando de barcos, de vela, de guardias nocturnas, de maniobras complicadas. Un sesentón que todavía se desafía a sí mismo, no saltando de un avión en paracaídas o acercándose a conflictos a una distancia prudencial, bien protegido para salir en los medios. Prueba el destino soltando amarras y navegando por sus propios medios. Así supera la soledad y la esclavitud sedentaria a la que se ve obligado el escritor. No se va de safari, se va al puerto y estiba lo necesario para navegar a vela durante una temporada. Sé que Pérez-Reverte tiene admiradores y críticos acérrimos porque sus comentarios son provocadores, pero reconozco que en esta entrevista me alegraron sus comentarios sobre la navegación, porque en los tiempos oscuros en los que la navegación a vela está en franca decadencia —las estadísticas no mienten—, escuchar a alguien como él explicar la fascinación que produce la navegación de crucero es un bálsamo para los que todavía soñamos con perdernos en el horizonte.
Porque no hay que ser un afamado escritor que fue reportero de guerra para necesitar de las bondades de la navegación. El que escribe estas líneas empezó a navegar con médicos, profesionales liberales o pequeños empresarios que se evadían del estrés de sus trabajos, de la fuerte responsabilidad de sus quehaceres, escapándose en sus Siroccos, Coronados 25, Pumas 34 a hacer una escapada a las Baleares, una regata costera o a virar las Islas Columbretes desde Vilanova, sin GPS, cuando a más de uno se le escapaban las islas entre la calima mediterránea. Necesitamos más entrevistas como esta y personajes no profesionales de la náutica hablando de la navegación en general, del mar y del olor a salitre. Estamos ensimismados discutiendo si la Copa América ha sido buena para Barcelona o no, si Grant Dalton hizo un buen negocio o nos abrió una puerta que habíamos cerrado. La Federación sigue ensimismada también en un pasado olímpico dorado — nunca mejor dicho— y se ha olvidado de la vela de base. La técnica y la especialización, los éxitos asegurados, descartan a los chavales que salen al mar para pasárselo bien con sus amigos, para disfrutar del mar, de un deporte que no consume combustibles fósiles. Y que, posteriormente, algunos de ellos se comprarán un pequeño crucero o un patín catalán para escaparse de la oficina, el hospital o el taller y respirar la brisa del mar y sentir el roción de agua salada que te quita todas las tonterías del mundo. Dejar el teléfono en la taquilla o en la mesa de cartas. Fondear en una cala mientras el olor a pino invade la bañera en la que te has estirado después de un baño.
¿Y entonces qué pinta el rey Felipe VI en todo esto?
Pinta porque durante muchos años se habló de la gran promoción que hizo el actual rey emérito de la navegación deportiva. Indudablemente, su presencia en regatas y a bordo del Bribón animó a muchos, armadores y esponsors, a subirse al carro mediático. Pero no hay que ser un sesudo analista para reconocer que dicho impacto ha tenido su efecto búmeran con el transcurso de los hechos. Por eso destaco los comentarios de un escritor sesentón alabando la discreta navegación de crucero. Y, ya que me he metido en este jardín, diré que felicito al actual rey por navegar en un velero de la Armada, alejándose discretamente de armadores y marcas comerciales, bancos o caixas. El rey navega, y hasta ensalzó el olor a salitre como efecto desestresante frente a sus cuitas con poder y política. Tampoco creo que sea malo que su hija, la infanta Leonor, se embarque en el Juan Sebastián de Elcano y viva atardeceres y puestas de sol que solo se disfrutan en el mar, tras el sano cansancio de una maniobra en cubierta. El placer de retornar a puerto. El reencuentro con amigos y familia, con las comodidades que se valoran mucho más después de haber convivido con la humedad y el sudor. Que ya le llegarán tiempos de preocupaciones y quebraderos de cabeza. Que navegue y que disfrute del mar y de la vela, como les deseo a todos ustedes.
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