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Juan Parra, marino: «Los últimos cuatro años he dormido poco en tierra»

Forbes Nautik charla con este amante del mar: «La madera siempre queda viva aunque no esté en el árbol»

¿Quién no ha querido alguna vez navegar como un pirata, recorrer un barco de proa a popa gritando «¡Tierra a la vista!» o sacarle brillo al suelo de una embarcación de madera hasta dejarlo reluciente? Tal vez esto suene demasiado a película de Hollywood, pero es que queremos hablarte de un marino que siente el mar (o, como todas las gentes del mar lo llaman, la mar) por cada poro de su piel. Un marino de raza. De esos que ya no quedan; o quedan, pero pocos.

Juan Carlos Parra (México, 1989) es parte esencial del equipo del barco chárter La Juliana, como en los últimos veranos, «haciendo de todo». Es nuestro protagonista del día y, seguro, estará sobre el mar mientras se publica su historia. Nació en México (padre mexicano y madre austriaca) y vivió gran parte de su vida en la tierra del tequila y los tacos, «después, empecé a trabajar y vivir en Canadá, Estados Unidos, Francia… y ahora en España».

Siempre «me ha llamado la atención el mar», nos cuenta. «Cuando era pequeño, en México, no vivía en la costa y me fui a otra ciudad que tenía playa. Al final, siempre era una ilusión ir a la playa. Mis padres buceaban y ya de pequeño iba mucho al mar y me subía en barcos. Siempre me ha gustado aunque antes este mundo lo veía un poco más lejano, porque entrar en el mundo de la náutica y trabajar profesionalmente es bastante difícil. Muchos te piden experiencia y, claro, al principio no puedes tener experiencia si no te abren las puertas…».

Aún así, lo logró: «Estuve de voluntario antes de la pandemia en un galeón y ahí fue donde pude tener más experiencia profesional. No ya la parte recreativa de ir con amigos, sino trabajando». De hecho, desde ese momento no ha parado –si es que ha parado en algún momento–, pasando mucho tiempo en el mar: «¡Los últimos cuatro años he dormido poco en tierra!», nos cuenta.

Y es que Parra, además de amante del mar, siempre ha sido un poco ‘Rambo’ (en Instagram: gamborrambo): antes de echarse encima todas las tareas de un barco, estuvo trabajando como instructor de escalada y, también, «en bares y restaurantes. Eso también te da experiencia para el servicio al cliente y ‘leer a la gente’ y eso en los barcos es importante». Porque, como él dice, «hay gente que quiere que no estés pendiente de ellos y otros que prefieren sentir la seguridad de alguien que sabe. Nosotros estamos en el mar y a veces no nos damos cuenta de eso, hay gente que hasta la fecha no sabe nadar. Hay que estar ahí siempre».

Eso de la experiencia de haber trabajando en diferentes mundos, confiesa, «te da la idea de saber hacer de todo, porque en un barco hay que saber hacer de todo: trabajar la madera, también de mecánica, el servicio…».

Y, ¿qué es lo más duro de estar sobre la mar tanto tiempo?: «Lo único que extraño realmente es un buen sofá y una televisión grande para ponerme a ver películas. Mucha gente dice que extraña las duchas o los baños, pero yo realmente no echo mucho de menos nada. Me lo paso mejor en la mar que en tierra». Su familia, por cierto, ya está más tranquila, pero al principio «estaban un poco nerviosos, ¡pero en peores líos me he metido! Así que vieron que esto no era demasiado extremo ni peligroso y se relajaron».

Estar sobre madera le ha traído más de una alegría, aunque destaca un momento especialmente bonito de la naturaleza: «Siempre vemos delfines, pero una vez me tocó ver un delfín bebé, que tendría cuatro palmos, muy pequeño, de menos de un metro. Estaba en la proa, eso nunca me había tocado verlo. Iba con la madre y era como ver a una madre jugando en la proa con su bebé».

Veranos en La Juliana

Un año más, Juan Carlos Parra forma parte del equipo de La Juliana. Un barco chárter –que en su día fue una golondrina de pasajeros en Mallorca– y que no deja indiferente a nadie. Allí pasa este verano, navegando por el Mediterráneo, en el que es uno de sus barcos favoritos: «Me gustan los barcos como La Juliana. Me gustan los barcos que tienen historia, valen mucho más que los barcos de lujo que pueden estar superequipados y cómodos, pero uno con historia… es otra cosa», confiesa.

«Los barcos de madera son especiales. Como yo digo: la madera siempre queda viva aunque no esté en el árbol. Y aquí lo ves. En el barco entra agua, se expande, se contrae, se mueve, ¡respira! Y eso hace que esté vivo. Por eso me gusta darle mucho mantenimiento en los barcos, es una forma de agradecer que nos mueve en el mar».

Aunque la temporada acaba pronto… y ya piensa en su siguiente reto antes de volver a tierra: «Ahora, terminando la temporada, estoy por cruzar el Atlántico en velero».

¡Buen viento!

Parra junto al capitán, en aguas de Baleares

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