En primera persona

Cuaderno de bitácora: ‘El descenso del Guadalquivir’, por José Antonio León, dircom de Stellantis

07:30h. Amanece en Sevilla a principios del mes de julio. No se escuchan gaviotas en el Club Náutico, quizás alguna chicharra despistada que todavía recuerda el caluroso día de ayer. La tradicional cena de la víspera en el restaurante El Espigón, muy cerca de donde se encuentra atracado el Altair 10, con 9,90 metros de eslora y dos motores Yanmar de 260 cv cada uno, en el que esta noche hemos dormido escasamente cinco horas. Suficiente, cuando se tienen tantas ganas de comenzar un año más nuestro descenso del río Guadalquivir, desde la dársena a la altura del barrio hispalense de Los Remedios, junto al Real de la Feria, hasta Puerto Sherry.

Madrugamos porque a las 09:00h abre la esclusa del Puerto de Sevilla, y tenemos que ser puntuales ya que, de lo contrario no podríamos salir de la dársena, tendríamos que esperar a la tarde o aplazar la travesía para el día siguiente. Antes también dependíamos de los horarios de apertura del Puente de las Delicias, cuando hacíamos la travesía en un velero Sun Odissey de 37 pies. Ahora que el armador ha pasado a la embarcación de motor, ya podemos esquivar sin problemas el gálibo de uno de los diez puentes que conectan ambas orillas del río en la ciudad.

La travesía entre Sevilla y El Puerto de Santa María consta de dos partes. La primera, desde la Esclusa de Sevilla hasta la mítica Piedra Salmedina, frente a Chipiona, cuna de una de las más grandes artistas que nos dio la copla española, Rocío Jurado; la segunda, entre este punto y la bocana de Puerto Sherry. Esta segunda parte es una travesía que, aún con el encanto de cualquier salida al mar, se asemeja más a lo habitual. Al dejar la Piedra Salmedina a babor, ponemos rumbo directo a la boya de El Quemao, frente a la Base Naval de Rota. Y de ahí, viramos a babor y directos al Puerto de Santa María. Una travesía agradable, si el viento de levante lo permite. Sin embargo, el encanto de la navegación de hoy es la primera parte, es decir, la experiencia de navegar las aguas que separan la ciudad del Real Betis Balompié y la desembocadura del Guadalquivir.

Cuatro tripulantes que nunca fallamos. Alberto García-Perla, el armador, Álvaro García-Mauriño, Javier León Pérez, y un servidor. Los cuatros con el título de Patrón de Embarcaciones de Recreo. Los cuatro, amigos desde hace décadas. Y en alguna ocasión, navegamos acompañados de a algún heredero de alguno de nosotros… La primera vez que bajamos el río fue hace 10 años. ¿De dónde surge la idea? Nuestro amigo Alberto decidió que disfrutaría más del barco que se acababa de comprar si entre octubre y mayo lo mantenía atracado en Sevilla, ciudad en la que vive. De esta forma podría aprovechar algunas tardes para acercarse al pantalán y algunos días sin demasiado tiempo, para navegar por la dársena o algo más allá de la esclusa, con su mujer, sus hijos y sus amigos. Practicidad al poder. Así que nos propuso acompañarle en la primera travesía, y no tardamos ni un segundo en aceptar la propuesta. Y hasta hoy…

09:00h. El termómetro ya marca 27 grados.
El día será sin duda, caluroso».

09:00h. El termómetro ya marca 27 grados. El día será sin duda, caluroso. En la esclusa coincidimos un mercante de bandera británica con destino a Sevilla y un par de embarcaciones de recreo, un velero y nosotros, ambos provenientes de la ciudad. Esta nueva esclusa de 434 metros de longitud fue inaugurada en 2010 y reemplazó a la que se construyó cuando se cambió el curso del río Guadalquivir, que quedó rodeando Sevilla, disfrutando los sevillanos a partir de entonces de una dársena cerrada con calado constante. La nueva esclusa permite mantener el potencial comercial del puerto de Sevilla y albergar barcos de gran calado, manga y eslora, tanto de transporte de mercancías como de cruceros. Un complejo de compuertas y mecanismos que permiten a las embarcaciones salvar los diferentes niveles entre el río y el puerto, además de evitar que el Guadalquivir se desborde e inunde Sevilla, lo que sucedió en varias ocasiones en el siglo pasado. A pesar de que en todos los ríos la corriente se dirige hacia la desembocadura, el hecho de que Sevilla esté al nivel del mar hace que la onda de marea suba desde Sanlúcar hasta la capital, condicionando también la navegación, y justifica la conveniencia para grandes buques de contar con pilotaje por los prácticos del Puerto de Sevilla.

Dejamos la esclusa y la dársena tras la estela de los dos motores de nuestra embarcación y nos incorporamos al curso natural del río, al que nos unimos por estribor. A partir de aquí, nuestro rumbo lo determinará el corredor repleto de enfilaciones, balizas, boyas y hasta semáforos que nos guían desde Sevilla hasta la desembocadura en Sanlúcar de Barrameda. Se dice que la primera boya de navegación registrada a nivel mundial fue un barril flotante de madera amarrado con un peso, marcando los márgenes de arena del río Guadalquivir hasta el Puerto de Sevilla. Desde entonces, y hasta las actuales boyas led con placas de energía solar que se divisan hoy en la canal del río han transcurrido siete siglos en los que la navegación por el Guadalquivir se ha transformado radicalmente. Hoy este tramo de 87 kilómetros o 50 millas náuticas cuenta con una auténtica autovía sobre el agua, un canal de navegación por donde circulan cada año un millar de buques mercantes, sin contar con otras embarcaciones. El de Sevilla es el único puerto marítimo interior de España y, de hecho, la navegación por el Guadalquivir viene marcada por el régimen de mareas, lo que dificulta el tráfico y obliga a buscar siempre el mayor calado operativo. Actualmente, este tramo cuenta con 147 señales marítimas operativas las 24 horas y los 365 días del año, que guían con seguridad al navegante y un faro, el más alto de España, el de Chipiona.

Durante el recorrido algunas señales incluso están bautizadas, al margen de su identificación con su posición, apariencia y características. Así, en la Broa de Sanlúcar, en la desembocadura, se encuentran la boya de recalada del Guadalquivir renombrada recientemente como Juan Sebastián El Cano cuyo nombre de “el Perro” todavía persiste entre los marinos locales; Lagunazo, Montijo, Bajo Picacho, la Merlín o el Bajo Gallego, por citar algunos nombres que en ocasiones hacen alusión a su enclave. Además, se encuentran también señales luminosas de alta definición que marcan el tramo más profundo de la canal de navegación. Por ejemplo, existen en Los Cepillos y hay una enfilación, denominada Casa de Brenes, que cuenta con una luz diurna visible a lo largo del tramo denominado Salinas. También cuenta con luz diurna la baliza direccional Don Isaías.

Durante la primera parte del recorrido, en la orilla a estribor se suceden sin apenas separación Coria del Río y La Puebla del Río, dos pueblos con encanto, con paseos, terrazas y embarcaderos desde donde se pueden contemplar el paso de los grandes mercantes que de forma habitual entran o salen de Sevilla. Y vamos descendiendo tranquilamente el río, disfrutando de los diferentes tramos que lo componen, como el de la corta de los Jerónimos, donde modificaron el trazado para mejorar su navegabilidad acortando su recorrido. Cruzándonos a veces con troncos flotando con los que debemos tener precaución, y observando los caños que fueron refugio de contrabandistas y ahora de narcotraficantes…

Más adelante, a medida que avanzamos hacia la desembocadura y el río se hace cada vez más ancho y sinuoso, sólo contemplamos algún cortijo, nave de gran altura, arrozales, y antes de llegar a Bonanza, la inmensidad de La Isla Mínima, ese enclave de las marismas del Guadalquivir que inspiró la película del mismo nombre estrenada en 2014. Un tramo del Guadalquivir en el que desembocan otros ríos más pequeños, como el Guadaira en la primera mitad o el Guadiamar cerca del final, proveniente de Huelva y que cruzan cada año los rocieros por el vado del Quema. Y entonces, avistando ya el Océano Atlántico, dejamos a estribor y babor el contraste de las arenas y las aguas transparentes del Parque Nacional de Doñana, y Sanlúcar de Barrameda, la ciudad en la que Magallanes se embarcó en 1519 para dar la primera circunnavegación del globo, demostrando de manera práctica la esfericidad de la Tierra. Un sitio, por cierto, que bien merecería una parada para degustar su riqueza gastronómica y el calor de su gente, en el triángulo entre Bajo Guía, las Bodegas Barbadillo y La Jara.

13:00h. Y ya enfilamos la Piedra Salmedina en el inmenso canal de entrada para los barcos que llegarán a Sevilla, dejando a babor el Faro de Chipiona, y sintiendo una sensación difícil de explicar, adentrándonos en las aguas ya saladas y a menudo revueltas por el choque de mareas. Antes, cuando navegábamos con el velero, llegábamos al caer la tarde y entonces atracábamos en el Puerto de Chipiona, donde cenábamos en Casa Ricardo, dándonos un homenaje bien merecido. Y aunque a veces, como en la travesía de hoy, la pleamar y un suave levante nos facilita el paso de la broa, otras, sin embargo, cuando las condiciones no son favorables se forma la temida barra del Guadalquivir, formada por un tren de olas cortas y altas que hacen a veces imposible la navegación, obligando a esperar que las condiciones mejoren. 

Pero en esta ocasión los delfines nos persiguen, revoloteando en torno a la estela del barco, y es entonces cuando nos damos cuenta de que dejamos el río atrás y nos adentramos en el océano. Y entonces volvemos a pensar que sólo queda poco menos de un año para repetir esta experiencia única, que nos transporta a las grandes navegaciones seculares como la de Magallanes, Elcano y tantos otros que salieron y volvieron de la ciudad interior más oceánica: Sevilla. 

Amistad, navegación, naturaleza y aventura. Amén.

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