Con su silueta en forma de cometa y una envergadura de alas de hasta tres metros, la manta del Mediterráneo (Mobula mobular), la segunda más grande del mundo, despliega bajo el agua un vuelo pausado, majestuoso y elegante, a la velocidad moderada de 5,4 nudos, aunque alcance la tonelada de peso.
Autora: Ana Bozzano

Su nombre común, manta, fue dado por los navegantes españoles del S. XVI, que al verla creyeron contemplar una gran tela flotando en el agua. Este cartilaginoso, pariente de tiburones y rayas, tiene uno de los cerebros proporcionalmente más grandes entre los peces, lo que sugiere un nivel de cognición avanzado. Se alimenta filtrando zooplancton y pequeños peces, que canaliza hacia su gran boca frontal gracias a los lóbulos cefálicos, modificaciones de las aletas pectorales que parecen cuernos y que le han valido el apodo de “diablo de mar”. Nada más lejos de la realidad: es totalmente inofensiva.
Su vida transcurre en mar abierto, lejos de la costa, entre la superficie y los 200 m de profundidad, en continuo movimiento, ya que solo nadando consigue filtrar el alimento y el oxígeno a través de sus branquioespinas. Si deja de moverse, se asfixia.

Este gigante es capaz de sorprender: en determinadas ocasiones, aún inexplicadas para la ciencia, se lanza fuera del agua alcanzando hasta 2 m de altura. Planea unos segundos y cae con fuerza sobre la superficie. Se han propuesto distintas hipótesis para explicar este comportamiento, que podría estar relacionado con la comunicación social, el cortejo, la limpieza de parásitos, la alimentación, la fuga o el parto. En el Mediterráneo, durante momentos de congregación de individuos, se han documentado saltos en Baleares, Córcega y en el Tirreno, lo que refuerza esta hipótesis.
La vida secreta de un gigante
La especie habita la zona circumtropical de todos los océanos, pero la población mediterránea, relativamente aislada en esta cuenca semicerrada, es única. Sin embargo, su biología sigue siendo un misterio.
Si bien puede vivir hasta 20 años, la reproducción es una de las más lentas del reino animal: alcanza la madurez sexual a los 5-6 años, la gestación puede durar hasta 25 meses, y al ser una especie vivípara, al término nacen una o dos crías de entre 90 y 160 cm. Esta baja fecundidad hace que esta especie sea muy vulnerable.

Tecnología y migraciones
Para conseguir entender mejor su biología y ecología, los científicos están recurriendo a la tecnología. La telemetría satelital ha permitido asomarnos a su vida nómada. Entre 2016 y 2021 se marcaron nueve individuos que revelaron un ciclo migratorio estacional. En verano–otoño se observaron congregaciones en zonas de alta productividad del Mediterráneo occidental y central (Baleares, Córcega, Tirreno, Adriático), donde se alimentan en aguas de 20–26 °C. En invierno–primavera los individuos pueden migrar hacia el Mediterráneo oriental, especialmente frente a Gaza, donde aguas más cálidas (hasta 30 °C) parecen ser clave para la reproducción.
Un ejemplar marcado nadó casi 15.000 km en 330 días, desde Gaza hasta aguas españolas y de vuelta. Estos viajes demuestran que la especie no conoce fronteras políticas y que su conservación requiere estrategias internacionales coordinadas.
Varamientos sin precedentes
En los últimos meses, en el Mediterráneo occidental y central se ha registrado un fenómeno alarmante: más de 40 ejemplares de Mobula mobular aparecieron varados o en grave dificultad frente a las costas de Italia, Francia y España. Ver a estas criaturas tan cerca de la costa es una anomalía preocupante. Esta especie, desde 2018, se encuentra en peligro crítico de extinción según la lista roja de la UICN (International Union for Conservation of Nature).

Las causas de estos varamientos aún son un misterio. Laboratorios de toda la cuenca investigan a contrarreloj: análisis histológicos para detectar enfermedades, pruebas microbiológicas en busca de patógenos, cribados toxicológicos para identificar contaminantes. Hasta ahora tampoco se han hallado evidencias claras de interacción humana directa, como enmallamientos o colisiones.
El desafío para la ciencia es importante, incrementado por el hecho de que, a diferencia de delfines o tortugas, no existen protocolos específicos para el varamiento de tiburones y rayas. Si se observa un animal en dificultad cerca de la orilla, no hay que acercarse ni tratar de devolverlo a aguas profundas, sino actuar llamando al 112. Los varamientos recientes han dado pistas sobre su reproducción. En 2024, en Calafell y Palamós, dos hembras grávidas parieron prematuramente a causa del estrés extremo. La presencia de hembras preñadas en el Mediterráneo occidental sugiere que estas aguas —en particular Baleares y Córcega— podrían ser áreas críticas de parto estival. En contraste, en el Levante se documentan agregaciones invernales de machos, lo que apunta a una segregación sexual estacional.

Amenazas en la sombra
La manta del Mediterráneo enfrenta peligros múltiples: frente a las costas de Gaza aún existe una pesquería dirigida con capturas de hasta 500 ejemplares al año. En el resto del Mediterráneo es víctima de la captura accidental en redes de cerco, enmalle y arrastre. Asimismo, sus zonas de parto y alimentación están sometidas a contaminación y tráfico marítimo. Y finalmente, al ser una especie filtradora, está potencialmente sujeta a bioacumular metales pesados y a ingerir microplásticos. No tenemos que olvidar su aguda sensibilidad sensorial, que la hace especialmente vulnerable al ruido submarino, pero finalmente parece ser el calentamiento y la estratificación de las aguas los responsables de una posible desorientación en sus migraciones.
La manta como bioindicador
La manta es un bioindicador: su presencia estable refleja ecosistemas ricos; su declive revela un mar en desequilibrio. Los varamientos masivos de 2025 son una llamada de atención. Quizá aún no sepamos la causa exacta, pero conocemos las amenazas estructurales y las herramientas para enfrentarlas.
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