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Bitácora

Philip Glass, el compositor que compuso una ópera sobre Einstein en la playa

La segunda entrega de nuestra serie sobre composiciones inspiradas en el mar la protagonizan el compositor más popular del último cuarto del siglo XX (y de lo que llevamos de siglo XXI) y la ópera más revolucionaria de los últimos cincuenta años

Cuando «Einstein on the Beach» [Einstein en la playa] se estrenó en la ciudad francesa de Aviñón en el verano de 1976, tanto los críticos musicales como el público asistente se vio sobrepasado por lo que muchos no dudaron en calificar como una nueva clase de ópera. Philip Glass, entonces, no se refería a esta extensa obra –de cerca de cinco horas de duración– como ópera, sino como «teatro musical» y declaraba que formaba parte de la tercera generación de teatro no literario surgida en los Estados Unidos, «una tradición apenas conocida por el público habitual que acude a la ópera».

«Einstein on the Beach» supuso una revolución en muchos aspectos y fue considerada como un provocación que pretendía demoler las reglas de la ópera tradicional. Sus casi cinco horas de música se desplegarían sin intermedios y el público sería libre de entrar y salir del patio de butacas a su voluntad. Pero eso no es nada: la obra carecía de trama alguna y sus textos cantados consistían exclusivamente en cifras (un, dos, tres, cuatro, etc.) y notas de solfeo (do, re, mi, etc.), que simbolizarían, respectivamente, la estructura rítmica y melódica de la música.

Los otros textos, hablados, serían unos poemas de Christopher Knowles –por entonces un chaval de catorce años, autista, que tenía, en palabras de Glass, una «sorprendentemente inusual forma de ver el mundo»–, la coreógrafa Lucinda Childs y el actor Samuel M. Johnson. Pero hay más: en vez de una orquesta sinfónica y cantantes entrenados en las técnicas operísticas, «Einstein on the Beach» era interpretada en directo por el Philip Glass Ensemble, una formación que empleaba amplificación y que constaba de dos órganos eléctricos, tres instrumentos de viento madera, una voz femenina y un violín solista, para acompañar a un grupo de cantantes sin formación técnica, a los que se pedía por igual que cantaran, actuaran y bailaran.

El colaborador de Glass en «Einstein on the Beach» fue Robert Wilson, el visionario director de escena estadounidense cuyo trabajo ha llegado a ser conocido por su llamativa imaginería, sus proporciones épicas y su lenguaje críptico y no narrativo, elementos que se adecuaban perfectamente a la música aparentemente sin desarrollo y detenida en el tiempo de Glass.

Glass y Wilson, por entonces dos jóvenes veinteañeros sólo conocidos en los ámbitos de las vanguardias alternativas, comenzaron a reunirse regularmente en la primavera de 1974. Eran la sensación del momento del downtown neoyorquino en los ámbitos, respectivamente, de la música y el teatro. Tanto Glass como Wilson estaban interesados en basar su ópera en una figura histórica: Wilson, de hecho, ya había creado una obra teatral que duraba toda una noche, «The Life and Times of Joseph Stalin» (1973), y ahora proponía Chaplin o Hitler como posibles protagonistas de la materia. Glass prefería a Gandhi (que, finalmente, se convertiría en el centro de su segundo ópera, «Satyagraha»). Fue Wilson quien sugeriría finalmente Einstein, algo que gustó a Glass, ya que el científico era también un apasionado violinista aficionado.

Glass y Wilson pasaron buena parte de los siguientes veinte años tratando de explicar su obra más famosa (o insistiendo en que no necesitaba explicación alguna). «Nunca se nos ocurrió que ‘Einstein on the Beach’ contara una historia o algo parecido a un argumento normal y corriente –escribió Glass en 1987–. Yo veía ‘Einstein on the Beach’ más bien como un retrato operístico. En este caso, un retrato de Einstein que sería creado eliminando la idea de planteamiento, nudo y desenlace y toda la parafernalia del teatro convencional. Es más, comprendíamos que este retrato de Einstein era una imagen poética». Finalmente, Glass admitía que «apenas importaba lo que se pudiera pensar que “Einstein on the Beach”significara… La historia era la que la imaginación del público quisiera ver y no había modo de que nosotros previéramos, aunque lo hubiéramos querido, cuál podría ser la historia para una persona en particular».

Con el éxito logrado por “Einstein on the Beach” la carrera de Glass se dirigió irrevocablemente hacia la ópera y el teatro musical, géneros en los que suma, en la actualidad, veinticinco óperas y diez espectáculos multimedia. Y ha sido tan grande su éxito que ha terminado jugando un papel decisivo en la revitalización de la ópera estadounidense, que en los años setenta parecía obsoleto, moribundo y, prácticamente, sin esperanza de resucitar.

Glass afirmaba que «no había caído de la Luna», sino que formaba parte de una línea cronológica teatral ya existente. «Estoy seguro de que mucha gente del público no sabía quien es Grotowski o ni siquiera había visto una obra de Peter Brook, así que, para ellos, fue como si un trozo de basura espacial hubiera aterrizado sin previo aviso en Aviñón… era una experiencia teatral en la que se flotaba libremente y que no tenía, aparentemente, ni principio ni final. Era algo profundamente radical».

Después de convertirse en el espectáculo más comentado del Festival de Aviñón, la ópera se representó ese mismo verano de 1976 en Hamburgo, París, Belgrado, Venecia, Bruselas y Róterdam y llegó a Nueva York en noviembre de ese mismo año. Pero en vez de estrenarse en un espacio alternativo, la ópera celebró su estreno americano en el sacrosanto auditorio de la Metropolitan Opera House, que solía estar apagado y vacío los domingos por la noche y que podía alquilarse en esas fechas para eventos especiales.

El eco del espectacular éxito de «Einstein on the Beach» había llegado a Nueva York desde Europa, y Glass, que nunca había actuado para un público estadounidense numeroso, debía hacer frente al cartel de «no hay entradas» en toda una Metropolitan Opera House, que tuvo que añadir una segunda fecha en la noche del domingo siguiente, que nuevamente cubrió todo el aforo rápidamente. Algunos de los que llenaban el auditorio eran abonados, que se marchaban furiosos, pero la mayoría eran jóvenes que jamás habían entrado en un recinto similar. Glass lo recordaba así en su libro autobiográfico «Music by Philip Glass»: 

«Para muchos de los que estuvieron allí en alguna de esas dos noches era, sin duda, la primera vez que acudían a un teatro de ópera de cualquier sitio. Recuerdo que estaba entre bastidores en la segunda de las representaciones, mirando al público con uno de los más altos directivos de la Metropolitan Opera House. Y él me preguntó: “¿quiénes son todos estos? Nunca los había visto anteriormente por aquí”. Y recuerdo que le contesté cándidamente: “Pues harás bien en enterarte de quienes son, porque si este sitio quiere seguir funcionando dentro de veinticinco años, esos que están ahí fuera van a ser tu público”».

Pero ¿qué relación tiene «Einstein on the Beach» con el mar? En realidad, más allá del título, ninguna. Lo siento. No volverá a pasar. El título original de la ópera iba a ser «Einstein en la playa de Wall Street», y estaba inspirado en la novela post-apocalíptica de Nevil Shute de 1957 «La hora final», cuyo título original, en inglés, es «On the Beach», y es una advertencia sobre la guerra nuclear. En la versión cinematográfica de 1960, interpretada por Gregory Peck, Ava Gardner, Anthony Perkins y Fred Astaireeste último, que interpretaba el papel de un científico resentido y alcohólico que había trabajado en la construcción de la bomba atómica, a la pregunta de quién había sido el causante de la Tercera Guerra Mundial, cuya radiación está destruyendo al ser humano de la Tierra, responde amargamente: «Einstein».

En cuanto a la música propiamente dicha, Glass, que es conocido por ser uno de los padres fundadores del minimalismo musical estadounidense (junto con La Monte Young, Terry Riley y Steve Reich), ya había abandonado el minimalismo estricto cuando compuso «Einstein on the Beach». El éxito obtenido por la ópera y el prestigio ya imparable de Glass hicieron que en 1978 la entonces todopoderosa compañía discográfica CBS fichara a Glass, nada más y nada menos que para su sello CBS Masterworks. La grabación no dura las cinco horas de la producción operística original, sino algo menos de tres horas, casi la mitad. Posteriormente, en 1993, Glass regrabaría la obra, que se reeditó en 2017 a través de su propio sello musical, Orange Mountain Music. 

La obra es excepcional por varios motivos, el primero de los cuales es que Philip Glass seguía siendo un compositor y músico de vanguardia, que había logrado depurar la rigidez estructural de sus obras iniciales y no había dulcificado todavía su estilo, hasta eliminar cualquier connotación rupturista de su música. En cualquier caso, la capacidad de sorprender que ofreció esta obra en su momento –hace casi cuarenta y cinco años– ya no existe: el uso de electrónica en la música lo tenemos todos plenamente asimilado, igual que el uso de estructuras musicales repetitivas (gran parte del encanto de la música reside en la sutil variación de los patrones repetidos).

Los intérpretes de la ópera tampoco cantan como cantantes de ópera, sino que emplean voz natural (algo que Glass dejó de hacer enseguida, en su segunda ópera, “Satyagraha”) y eso también facilita entrar en su universo. Sin embargo es de admirar que la duración de las secciones con patrones rígidos exige un nivel extraordinario de concentración por parte de los intérpretes, y el oyente no puede dejar de asombrarse por la capacidad de los cantantes, oradores e instrumentistas de memorizar y mantener todo el tiempo la resistencia que los patrones melódicos exigen. Para el oyente que esté dispuesto a entregarse al hechizo de la música, ésta puede tener un efecto visceral e hipnótico, mientras que el sonido es claro, brillante y plenamente actual. «Einstein on the Beach» debería figurar por méritos propios en la colección de cualquier persona interesada en los avances más significativos de la música del siglo XX, y de la ópera en particular.

Próxima entrega: El holandés errante o El buque fantasma, de Richard Wagner

Composiciones inspiradas en el mar

La naturaleza y sus elementos han sido notable fuente de inspiración para compositores de todas las épocas y no ha sido extraño, incluso, en las últimas décadas, que sus sonidos se hayan incorporado a las propias obras. El mar, en concreto, es capaz de provocar miedo y asombro, y maravillar con una belleza que inspira a los más dotados de sensibilidad. En Nautik le vamos a rendir homenaje cada quince días, con una serie de artículos sobre las más destacadas obras de música, tanto clásica como contemporánea, que se han inspirado en su belleza y grandiosidad.

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