Bitácora

Debussy, el compositor que no sabía nadar y compuso «El mar»

Forbes Nautik inaugura una serie de artículos sobre composiciones inspiradas en el mar. Aquí, la primera entrega

El último viaje del «Temerario». Cuadro de J. M. W. Turner

La naturaleza y sus elementos han sido notable fuente de inspiración para compositores de todas las épocas y no ha sido extraño, incluso, en las últimas décadas, que sus sonidos se hayan incorporado a las propias obras. El mar, en concreto, es capaz de provocar miedo y asombro, y maravillar con una belleza que inspira a los más dotados de sensibilidad. En Forbes Nautik le vamos a rendir homenaje cada quince días, con una serie de artículos sobre las más destacadas obras de música, tanto clásica como contemporánea, que se han inspirado en su belleza y grandiosidad.

Debussy: “El mar”

La serie debía empezar obligatoriamente por la obra titulada El mar, tres bocetos sinfónicos para orquesta, pero conocida simple y popularmente como El mar (La mer, en francés). El mar es una de las obras fundamentales del siglo XX, compuesta por uno de los compositores más innovadores de la historia, Claude Debussy, de quien este verano se celebra el centésimo sexagésimo aniversario de su nacimiento (Saint-Germain-en-Laye, 22 de agosto de 1862-París, 25 de marzo de 1918).

Nacido en el seno de una familia de pequeños comerciantes y sin especial relación con la cultura, el joven Claude dio muestras tempranas de su gran e innovador talento musical, y ha pasado a la historia como el primer impresionista. Cuestionado por el establishment de la época, su estilo vanguardista ejerció una notable influencia en las generaciones posteriores. El mar es una obra de madurez, compuesta en Dieppe, en la costa normanda, entre 1903 y 1905, aunque se concluyó durante la estancia de Debussy en la localidad costera británica de Eastbourne.

En su estreno en París –ocurrido el 15 de octubre de 1905, a cargo de la orquesta Lamoureux dirigida por Camille Chevillard– ni que decir tiene no fue muy bien recibida; sin embargo, con el paso del tiempo, se ha convertido en una de las composiciones orquestales de Debussy más interpretadas. Aunque Debussy no admitía el calificativo de “impresionista” para su música, los expertos consideran La mer un equivalente musical de las obras pictóricas de Turner –del que Debussy era gran admirador–, envueltas en bruma, que exigen del espectador que vea más allá de la neblina.

Debussy, aunque no sabía nadar, amaba el mar y llegó a afirmar que de no haber sido músico se habría hecho marinero. Para la elaboración de La mer, Debussy pagó al capitán de un barco pesquero para adentrarse con él en una tormenta frente a la costa de Bretaña: al igual que Turner antes que él, el compositor quería experimentar la violencia del mar antes de representarla, pero la experiencia le hizo abandonar para siempre las ansias de aventura y preferir los paisajes marinos mostrados a través de la pintura y la literatura. 

Para mostrar la grandiosidad de la inmensidad marina, Debussy incorporó en esta obra sinfónica –aunque Debussy, por motivos intelectuales (consideraba obsoleta la sinfonía clásica) no quiso concederle ese título y bautizó la obra como “tres bocetos sinfónicos”– de entre veintitrés y veinticinco minutos de duración, grandes masas orquestales y una sección de percusión. Los tres movimientos –“Del amanecer al mediodía en el mar”, “Juego de las olas” y “Diálogo del viento y el mar”– se elaboran con armonías resplandecientes y amplios barridos de color orquestal, resaltados con la influencia del gamelán javanés.

En el primer movimiento, Debussy explora los sutiles cambios de atmósfera y luminosidad del mar, acompañados por el avance de la mañana sobre el agua. La primera parte es un crescendo que muestra el ascenso del día. Se apoya en un movimiento cíclico de cuerdas y flautas que simbolizan el flujo y reflujo de las olas. Le sigue un canto de 16 violonchelos que muestra un mar más tranquilo interrumpido por una flauta que dibuja el vuelo de un pájaro. El primer movimiento termina con un fondo de címbalos que recuerda el estruendo de las olas.

En el segundo movimiento Debussy sugiere el vaivén de las olas, los cambios inesperados de la corriente, la iridiscencia de la luz del sol en la superficie del agua y las misteriosas profundidades. Finalmente, los tonos oscuros y amenazantes del tercer movimiento dan la sensación de los peligros del mar. En la primera parte del movimiento la orquesta sube y baja como los movimientos del oleaje. La segunda parte es un periodo de calma antes de que en la parte final vuelva la tormenta hasta convertir el flujo de las olas en un auténtico maremoto.

Son muchas las versiones que existen de La mer. Muchos de los más grandes directores de orquesta de los últimos ciento veinte años –desde Toscanini a Esa-Pekka Salonen, pasando por Karajan, Bernstein, Celibidache, Boulez, Abbado, Baremboin o Simon Rattle– han grabado la obra, varios de ellos hasta varias veces. Pero, barriendo para casa, desde aquí queremos recomendar dos: una de las más recientes, la de nuestro Pablo Heras-Casado dirigiendo en 2018 a la orquesta londinense Philharmonia, y otra, de 2007, con Sir Mark Elder al frente de la orquesta Hallé de Mánchester.

Próxima entrega: Einstein on the Beach, de Philip Glass.

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