La Real Academia Española ha anunciado la incorporación de nuevas palabras a su diccionario. Entre ellas, ‘microplástico’, como «pieza de plástico extremadamente pequeña, manufacturada como tal o resultante de la fragmentación de plásticos más grandes, no soluble en agua y muy poco degradable».
Seguro que le suena la palabra. Y es que aunque hasta ahora no estaba en la ‘biblia’ de nuestra lengua, la utilizábamos de manera común para hablar de la amenaza que sufren nuestros mares debido a estas diminutas piezas de microesferas, que aumentan cada año en el océano.
La ONU declaró en 2017 que hay hasta 51.000 millones de partículas microplásticas en el mar, 500 veces más que el número de estrellas de nuestra galaxia, lo que supone una amenaza para la supervivencia de los animales marinos, que pueden ingerirlos. El plástico se acumula en su cuerpo y, no solo puede hacerles daño a ellos, sino que también puede terminar en los humanos a través de la cadena alimenticia.
Estas partículas también están presentes en alimentos y bebidas, como la cerveza, miel y agua del grifo. El efecto en la salud humana es aún desconocido, pero a menudo contienen aditivos y otras sustancias químicas, posiblemente tóxicas, que pueden ser perjudiciales para los animales y las personas.
¿Y qué hacer?
El Parlamento Europeo limita el uso de ciertos productos plásticos de un solo uso, que constituyen el 70% de los desechos que llegan al mar y que tienen sustitutos no plásticos disponibles. En lo que respecta a España, hace unos meses entró en vigor la nueva ley de residuos que prohíbe la venta de artículos de plástico de usar y tirar como pajitas, bastoncillos, cubiertos o platos de plásticos, entre otros, para luchar contra la contaminación y evitar precisamente los microplásticos.